En tan solo tres días tendré 27 años y escribo estas palabras desde el fondo de mi abismo personal. Tuve tanto miedo de caer otra vez porque conozco el dolor de la caída. Yo no quise volver y, sin embargo, aquí estoy. No me abruma la desesperación, ni siquiera el dolor de mis heridas. Siento una tranquilidad muy sospechosa, un latido inquieto persistente y un vacío etéreo en el alma. Me resulta casi imposible expresar en palabras lo difícil que ha sido vivir este último año sin el hombre más importante de mi vida: mi papá. Él se fue en el momento menos esperado y de una forma tan cruel. Nunca olvidaré cuando se despidió de mí y no lo volví a ver. Aún hay días en que despierto y me cuesta creer que ya no está conmigo. Aún no sé cómo vivir en un mundo en el que él ya no existe. He evitado a toda costa mirar sus fotografías para no recordar tiempos felices que la vida dejó atrás. Con el corazón destrozado y los ojos inundados de lágrimas, inmortalizo mi dolor y le doy la bienvenida a un n...