Esta noche estoy escribiendo siendo una mujer diferente. Ya no soy aquella niña de 14 años escribiendo sus primeros versos. Ya no soy aquella universitaria de 21 años escribiendo su primer libro. Ni siquiera soy aquella mujer de 26 años que perdió a su padre y sintió que el mundo se derrumbaba. La vida cambió y me dejó sin opciones. Aún no sé cómo vivir en un mundo en el que mi papá ya no existe, pero me esfuerzo cada día por honrar su memoria. Hoy sostengo mi lápiz una vez más para inmortalizar el inicio de un nuevo capítulo de mi vida.
Miro al pasado y sonrío con añoranza al recordar a aquella joven que se sentía tan perdida. Contemplo las cicatrices de mi corazón que representan cada una de las lecciones aprendidas tanto de mis aciertos como de mis errores. La vida me ha puesto en el borde del abismo un sinfín de veces, pero mis decisiones me han convertido en la mujer que soy. En algunas ocasiones elegí caer hasta el fondo porque necesitaba pensar, llorar y curar mis heridas antes de continuar. En otras ocasiones permanecí en el borde porque no iba a volver a caer por una lección ya aprendida. Con el tiempo he logrado que sea más fácil lidiar con las vicisitudes, pero sé que siempre habrá algo que pondrá todo de cabeza. Al fin y al cabo, así es la vida.
Hoy me ha costado encontrar las palabras para expresar cómo me siento. Quizás ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Quizás he estado muy ocupada y no quise detenerme a pensar. Quizás así es como debía ser. Sin embargo, la inspiración siempre ha estado esperando por mí.
En la víspera de mi cumpleaños 28, extraño a mi papá y reafirmo que la vida es hoy. Y si tuviera un deseo, me gustaría volver a escuchar su voz.
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