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Un instante a la vez

Es curioso que mi lápiz esté deseoso de expresar lo que mis labios se obligan a callar. Llevo tanto tiempo sin escribir que pensé que sería más difícil hacerlo hoy. Al parecer, las palabras fluyen mejor cuando mi mente es un caos y necesito reflexionar sobre mi vida.

Es curioso que un simple pensamiento pueda desatar una tormenta. Es curioso que una idea fortuita me pueda trasladar al pasado y hacerme revivir tanto dolor que me quita el aliento. Es curioso cómo recuerdo cada detalle de mis pérdidas, decepciones y fracasos. ¿Por qué mi mente me obliga a volver a esos momentos? ¿Qué más necesito aprender de esas experiencias? ¿Por qué me esfuerzo en sabotear mi felicidad y tranquilidad del presente?

Es curioso que mi propia mente sea capaz de arrastrarme al infierno en un instante. En realidad, no me asusta volver a ese lugar. He estado tantas veces allí en los últimos quince años que se ha vuelto casi una rutina. Sin embargo, en mi infierno personal no hay fuego, sino hielo. Allí respiro un viento gélido que me cala los huesos, me entumece los músculos y me enfría el corazón. No me asusta el infierno, pero me asusta perder una parte importante de mí cada vez que lo visito. Siempre he logrado salir. Siempre he encontrado el valor para regresar. Pero, el precio es cada vez más alto. ¿Cómo sobrevivir sin perderme a mí misma? ¿Cómo evito ser víctima de mis emociones? Para sobrevivir, necesito ser más fuerte; y para serlo, quizás necesito un corazón de hielo. Sin embargo, si dejo de sentir mis emociones con tanta intensidad, perderé la magia, la sensibilidad y la empatía. Me perderé a mí misma. Entonces, ¿cuál es el camino?

Me he esforzado tanto para aprender a lidiar con mi propia mente. He aprendido tanto sobre mí misma en los últimos años. No obstante, siento que algo falla. Algo falta. ¿Le tengo miedo al miedo? ¿Tengo miedo de sentir demasiado?

Basta de preguntas. Es hora de las respuestas.

Siento que volver al pasado y rumiar esos eventos desafortunados es una forma de castigarme por no haber sido lo bastante inteligente para evitarlos. Ahora entiendo que eso no tiene sentido. No soy responsable por las acciones de los demás, solo por las mías. No es justo sabotear mi tranquilidad por cosas que no puedo cambiar y ya no tienen importancia. Ya aprendí lo que tenía que aprender y no hay necesidad de revivir aquellas emociones tan negativas.

Hoy he pensado demasiado y acepto que tengo miedo de mí misma. Me aterra sentir demasiado. Me asusta sentirme vulnerable. Sin embargo, no quiero vivir una vida en la que mis decisiones me impidan sentir mis emociones con plenitud. No quiero sentir a medias. No quiero perder la pasión ni la empatía. Es mi esencia. Es parte de mi alma de escritora. No necesito un corazón de hielo para sobrevivir. No se trata de huir del dolor, sino de aceptarlo. Es parte de la vida. Es parte del camino.

Yo tengo las respuestas a todas mis preguntas. Sé que debo hacer, pero el miedo y el cansancio me acechan. Soy fuerte. Nunca he tenido otra opción que ser fuerte. Sin embargo, a veces, anhelo poder vivir un día sin tener que ser fuerte. Mantengo la cabeza en alto porque nunca, ni en los momentos más oscuros, me he permitido rendirme. Siempre he limpiado mis lágrimas y he continuado hacia adelante.

Tras esta reflexión necesito descansar. Hoy necesito dormir y soñar con las cosas bonitas que tengo en mi vida. Quiero recordarlas y sonreír porque me siento muy afortunada. Quiero recordarlas porque calientan mi alma y llenan mi corazón. No puedo obsesionarme con el futuro ni lamentarme por el pasado, solo puedo vivir en el presente. Un día a la vez, un instante a la vez, un respiro a la vez.

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