Nunca es fácil decir adiós y alejarse sin mirar atrás. No es sencillo encerrar lo que siento por ti en el viejo baúl de los recuerdos. Te quise tanto, tanto como podría quererte sin enamorarme de ti. Te di tanto de mí que me sentía perdida cuando no estabas conmigo.
Quiero olvidar esas noches que intentaba entender por qué eras tan frío en la distancia. Pasé noches enteras buscando una explicación a tu actitud. ¿Cómo podías besarme y acariciarme y luego desaparecer por completo? ¿Cómo podías abrazarme y compartir tus miedos y tus alegrías y, luego fingir que nada había sucedido?
No, no me enamoré de ti, pero con cada beso me hacías desear algo que yo sabía que no podía tener. Cada caricia tuya me hacía vibrar el alma. Fui tan feliz en tus brazos a pesar de que no era real. Ambos buscábamos consolarnos en medio de nuestra soledad. Ambos estábamos tan solos y juntos llenamos un poco ese vacío.
Y un día supe que no podíamos continuar así porque nuestros efímeros encuentros me estaban lastimando el corazón. La atracción seguía estando allí, pero mi conciencia me impedía acercarme a ti. Porque entendí que al final del día, lo único que podíamos rescatar era nuestra amistad.
Nunca fuimos los mejores amigos, pero estuvimos el uno para el otro cuando nadie más estaba estuvo. Y aún así esa amistad fue demasiado frágil porque sino no estaría escribiendo este adiós.
Me duele ser tu amiga o lo que sea que signifique para ti. Porque para mí, la amistad es otra cosa.
Si tengo que cuidar cada palabra que te digo, si tengo que esperar semanas por una respuesta, si al final del día me siento más agobiada que emocionada al leer tus mensajes y si después de verte me siento triste, entonces prefiero marcharme. Porque yo no hago falta en tu vida. Eso me lo has demostrado tantas veces desde que te conocí.
Siempre llega el día en que yo digo adiós. Nunca me quedo donde no me necesitan. Tardo mucho en tomar la decisión, pero al final me voy. Yo aún te quiero. Sin embargo, ya no quiero estar para ti.
Comentarios
Publicar un comentario